El surtidor que ahoga el bolsillo: Otro otoño con la soga al cuello

Escuchar el audio
00:00:0000:00:00
Descargar

Imagínese la escena. Lunes por la mañana, prisas en el aparcamiento, los niños que llegan tarde al colegio y, de reojo, mira el indicador del depósito del coche. Ya parpadea la lucecita ámbar. No queda otra. Toca pasar por la gasolinera. Y ahí, justo en el momento en que el surtidor empieza a correr, a todos se nos encoge un poco el estómago.

Los números no engañan, por mucho que nos duela mirarlos. Con el litro de combustible rozando de nuevo —y en muchos casos superando— la barrera psicológica de los dos euros, la subida del petróleo se ha convertido en el invitado más indeseado de nuestra economía doméstica.

Nos dicen los expertos que la tormenta perfecta está servida: tensiones geopolíticas globales, ajustes en la producción internacional y la sombra alargada de una energía que encarece absolutamente todo lo demás. Porque no nos engañemos: el petróleo no es solo lo que le echamos al coche para ir a trabajar. El petróleo es la sangre invisible que mueve los camiones de reparto, la que calienta los invernaderos, la que fabrica los envases y la que, al final de la cadena, nos hace pagar la cesta de la compra un poquito más cara cada semana.

Cada vez que el crudo sube en los mercados internacionales, en España lo notamos con una velocidad pasmosa a la hora de pagar, aunque la bajada —esa nunca deja de sorprendernos— siempre parezca venir en autobús y tarde semanas en llegar a nuestros bolsillos.

Lo frustrante de esta situación es la sensación de impotencia que deja en la calle. Para miles de autónomos, para familias que viven fuera de las grandes urbes y dependen obligatoriamente del coche para ganarse el pan, o para el sector del transporte, esto no es un debate macroeconómico abstracto. Es una factura asfixiante que se come los ahorros.

Se habla mucho de transición ecológica, de movilidad sostenible y de un futuro verde que, por supuesto, es necesario y urgente. Pero el ciudadano de a pie, el que hace malabares para llegar a fin de mes con su sueldo mileurista, mira el surtidor y piensa: «Muy bien, ¿pero cómo se supone que aguanto el chaparrón hoy?». Las alternativas de transporte público brillan por su ausencia en la España vaciada o en los polígonos industriales mal comunicados. Para muchos, el coche no es un capricho de lujo; es una herramienta de supervivencia.

El otoño avanza y nos deja ante el espejo de una vulnerabilidad que creíamos haber dejado atrás. El petróleo vuelve a marcar el ritmo de nuestra economía, recordándonos que seguimos atados de pies y manos a los vaivenes de un mercado global que parece mirar más a los despachos internacionales que a la realidad del ciudadano que madruga para arrancar su vehículo.

Menos mal que nos queda la palabra, la protesta y la exigencia de medidas estructurales eficaces, porque a este ritmo, llenar el depósito va a dejar de ser un trámite rutinario para convertirse en un artículo de lujo.

Por tanto, cierren bien las puertas, conduzcan con precaución… y que la suerte les acompañe en la próxima visita a la gasolinera.